II Peregrinación Interreligiosa por la Paz
“Un mundo diferente es posible”
Comienzo esta peregrinación por la Paz, cuyo lema es “Un mundo diferente es posible”, con dudas, incertidumbres, miedos… Son viejas sensaciones conocidas; pensamientos que cuestionan mi capacidad, mi resistencia, mi condición física, y que me gritan: “¡¡¡No vas a poder!!!”. Las sensaciones se transforman en emociones y, estas en nuevos pensamientos que me enredan y me confunden… Respiro, observando este ir y venir de formaciones mentales, identificando de dónde proceden, para, finalmente, acabar abrazándolas con ternura y dejándolas ir…
Al mismo tiempo, y justo antes de iniciar este camino, siento la alegría, que luego dará paso a la felicidad, al reencontrarme con una persona muy querida, de la cual, sin saber muy bien por qué, me alejé hace ya años, perdiendo todo contacto con ella. Las suposiciones, los juicios, las proyecciones sobre los demás, nos llevan, casi siempre, a pensamientos y a acciones erróneas, que nos alejan de los que amamos y nos hacen sufrir. Saber escuchar a nuestro corazón, nos permite deshacer la confusión, ver con claridad, comprender y perdonar… Y la vida, casi siempre, nos presenta situaciones que ponen a prueba nuestro coraje y nuestra valentía, para abrir nuestro corazón y dejar que brote el amor. Me siento agradecida por haber tenido esta oportunidad el mismo día en que comienzo esta andadura.
El camino es duro e incómodo, hace calor y las noches son ruidosas. No consigo dormir bien y estoy cansada… Empiezo a preguntarme qué hago aquí, pudiendo estar cómoda y tranquila en mi acogedora casa… Pero la belleza del paisaje que recorro, el compartir con mis compañeros de viaje, inquietudes, sueños y anhelos parecidos, el sentir el cosquilleo de lo que queda por andar y descubrir, contrarrestan, y mucho, todas las incomodidades pasadas y futuras.
También me ofrece, este camino, la oportunidad de superar mis límites, físicos y mentales. Romper las cadenas —que, quizás nunca existieron— permitiéndome ir más allá…
¡Ultreia! y ¡Suseia!, se saludaban los peregrinos antaño:
ULTREIA – Ve más allá.
No caminas solo hacia Santiago, caminas más allá de tus límites, más allá de tus dudas. Y como “más allá” nunca termina, su significado más profundo es: Sigue adelante. Sigue caminando. Aunque el sendero se empine. Aunque el silencio pese. Cada paso te transforma.
SUSEIA – Ve más alto.
No solo subes colinas. Estás elevando el espíritu. Estás creciendo mientras caminas. Dejando atrás lo que ya no te sirve. Volviéndote más ligero, verdadero y completo.
Hay momentos en que camino sola y en silencio, y ello me permite volver a conectar con mi respiración (quizás algo olvidada cuando camino en compañía), para, a continuación, conectar con mi cuerpo y con mi mente. Observo mis sensaciones. Observo mis pensamientos. Observo mis emociones. Hoy, 24 de septiembre, es el aniversario del nacimiento de mi madre. Hoy habría cumplido 96 años. Pero ya no está en este plano y ese recuerdo me hace sentirme triste. Sigo caminando. De repente, la siento caminando a mi lado, juntas, hacia Santiago. Y luego, todas mis ancestras, cogidas de la mano, ya liberadas de todo dolor y sufrimiento. Un dolor y un sufrimiento que, poco a poco, dejará de transmitirse a nuestras hijas, y a sus hijas, y a las hijas de sus hijas, a las hijas de la Tierra que han venido a este mundo a transformar la angustia en esperanza, la duda en confianza, la tristeza en alegría, el dolor en gozo, el odio en amor, el lodo en loto…
Por la noche, a la luz de la luna, en un maravilloso lugar rodeada de árboles centenarios y acogida en la frondosidad del bosque, “los cantos del alma” suenan, inundando de paz y amor, el aire y cada rincón de mi ser. Y, elevando la vista al cielo, puedo ver la misma estrella a la que años atrás le rogaba, desesperada, que alumbrara mi camino hacia la paz y me liberara de tanto dolor. Y, volviendo a brillar como entonces, sé que es mi madre, allá arriba, haciéndome un guiño de complicidad.
De nuevo, el silencio y la soledad me llevan a reflexionar sobre este camino y los millones de almas que lo habrán transitado. Almas de todo tipo y condición, almas tristes y atormentadas, almas angustiadas o repletas de ira y miedo, almas alegres, generosas y compasivas, almas pidiendo salud o amor, almas agradecidas por algún bien recibido, almas que se han encontrado a sí mismas y almas que aún están buscando quienes son… Todas ellas pisando la misma tierra, las mismas piedras, el mismo asfalto que ahora yo piso. Y, siempre ahí, nuestra querida Madre Tierra, sujetándonos y sosteniéndonos, sin una queja ni un reproche. La más bella de los planetas, la más compasiva y resiliente, la más grande de los bodhisattvas, la más amorosa de las madres que sigue acogiéndonos, sanándonos y amándonos, a pesar de todo el daño que le infligimos.
Por fin, llegamos a Santiago. Desde el Monte Do Gozo, las vistas sobre la ciudad y su catedral, son increíblemente hermosas. Contemplando esta belleza, todos los sufrimientos y penalidades se disuelven. Ya no siento el cansancio, ni la falta de sueño. Me siento feliz por el camino recorrido y por haber llegado. Y, entonces, en este mismo monte, ocurre algo maravilloso: todos los corazones de cuantos ahí estamos, se unen, al mirarnos uno por uno a los ojos y decirnos: “Que Dios te bendiga, te guarde y te otorgue la Paz”. Todos los velos y las apariencias, caen lentamente. Me veo a mí misma en los ojos de los otros y siento la grandeza del interser.
Así, con esta felicidad radiante, sigo mi camino, en Paz, porque la Paz es el camino.
Septiembre de 2026, Eva Guaita.






















